Trayectoria:
Campeón olímpico en
Sydney´00. Cuatro veces campeón mundial al aire libre y cinco veces bajo techo.
Tres veces rey en juegos panamericanos y en una ocasión en citas
centroamericanas y del Caribe.
En la actualidad:
Entrenador del
triplista francés Teddy Tamgho, campeón mundial de Moscú´13.
Quienes le admiraron
como aficionados y aquellos que ven el deporte desde la perspectiva del
especialista coinciden en considerarle el mejor saltador de longitud de todos
los tiempos.
Talento inmenso,
ansias de triunfo inigualables y valentía probada en momentos críticos,
convirtieron a Iván Pedroso Soler en ídolo de una isla para la que conquistó un
oro olímpico y nueve mundiales.
Llegó a mantenerse
imbatible durante casi 30 competiciones consecutivas, ganó duelos épicos contra
el español Yago Lamela en el mundial bajo techo de 1999 y el australiano Jai
Taurima en los Juegos Olímpicos de Sydney’00, y escribió otras muchas páginas
repletas de gloria.
En los últimos años
muchos cubanos le perdieron el rumbo y se preguntaban por su labor tras decir
adiós al deporte activo, pero la respuesta pública llegó en agosto cuando las
cámaras le proyectaron en función de entrenador desde las gradas del estadio
moscovita Luzhniki.
Su alumno, el francés
Teddy Tamgho, lideró allí el salto triple con la tercera mejor marca de todos
los tiempos, resultado que agrega honores a un Iván que tocó el cielo como
atleta y repitió esa dicha como preparador.
¿Por qué eres tan difícil
para las entrevistas?
Soy muy reservado y
nunca me gustó adelantarme a los acontecimientos a partir de preguntas como
¿Vas a ganar el mundial? ¿Vas a hacer tal cosa…?
¿Compartes la opinión
de quienes te consideran el mejor saltador del mundo?
Creo que esos
criterios dependen de cada persona. Lo que hice lo hice porque me gustó, di el
máximo y creo que estuvo bien. En Cuba todavía me ven por las calles y me
recuerdan anécdotas como las de Sydney y otras competiciones. Fuera también, en
cualquier país al que llego me reconocen, me llaman “Iván Pedroso la leyenda”,
y es un gran orgullo que me vean de esa forma. Pero no tengo respuesta para si
soy o no el mejor de todos los tiempos, eso lo decide el público, los fans, son
ellos los que determinan esas cosas.
Pese a tantos premios
tu marca personal quedó en 8,71 metros ¿Te faltó la rivalidad necesaria para
más?
Me tocó una etapa en
la que se iba retirando el norteamericano Mike Powel, quien todavía es el
recordista (8,95), y pienso que sí me faltó un poco más de igualdad del nivel,
pero más que todo no hice una buena marca porque siempre tuve la obsesión de
saltar nueve metros y eso me impidió acceder a otras.
¿Pasados ya algunos
años, cómo miras hacia esa realidad?
Pude haber logrado un
8,90 u ochenta y tanto, pero quería convertirme en el primer hombre en llegar a
los nueve y no pudo ser, aunque tuve muchos buenos saltos que pese a ser nulos
permitieron demostrar que estuve muy cerca. Sin embargo, cuando miro el ranking
del mundo veo que fui uno de los mejores saltadores de la historia por las
medallas, pero ese 8,71 me coloca muy lejos para lo que hice. Podía estar un
poco más arriba, no me arrepiento pero creo que pude hacer mejores marcas si no
me hubiera obsesionado tanto.
¿Cuál resultó tu
fortaleza mayor?
Era muy técnico, pero
creo que lo mejor era lo bien relacionado que tenía todos los parámetros del
salto, la carrera, la fuerza, la velocidad, todo a un mismo nivel, siempre con
destaque para la técnica, pero la fuerza estuvo en el conjunto que se obtenía.
¿Fue la relación con
Milán Matos una de las claves del éxito?
Le debo muchísimo a
esa relación, porque el vínculo entrenador-atleta es algo muy importante, de lo
que depende en gran medida la trayectoria a lograrse. Milán fue más que un
padre. Estuve mucho tiempo con él, incluidos cinco años en Santiago de Cuba,
donde era como mi única familia, y logramos una relación de mucha afinidad,
tanto que de solo mirarlo sabía lo que tenía que hacer. En las competencias me
hacía un gesto desde las gradas y era suficiente para entenderlo. Creo que
cuando eso se pierde el resultado desciende.
¿Lo consigues así con
Teddy?
He logrado mucho
porque es muy parecido a mí en cuanto al carácter, y le demuestro la importancia
de llevar bien ese binomio e intercambiar ideas a la hora de planificar. Es más
difícil porque no se trata de un atleta cubano y el sistema francés es algo
distinto, pero hablamos sobre eso y me sirvió mucho lo que aprendí de Milán a
la hora de intercambiar sin encapricharse de que lo que tú digas es lo que es.
Cuando competías,
incluso en los momentos más duros, te proyectabas tranquilo ¿Cómo era en
realidad?
No era que trasmitiera
calma, era que entrenaba para desarrollar esa cualidad de llegar a la
competencia con tranquilidad. Lo que haces en el entrenamiento es lo que harás
en la competición, si en el entrenamiento no logras una cosa bien es imposible
que te salga bien luego. Yo era muy perfeccionista en el entrenamiento, me
gustaba hacerlo todo al detalle, no me preocupaba por grandes resultados.
¿Cuáles calificas como
episodios de tensión extrema?
Sydney’00, porque era
el único título que me faltaba y tenía que alcanzarlo como fuera. Y el
Campeonato Mundial bajo techo de Maebashi’99, donde iba delante con mucha
facilidad desde el primer salto y en la última ronda Lamela me sobrepasó con la
que entonces fue la tercera mejor de todos los tiempos, y tuve que ponerme
fuerte y hacer mi mejor marca personal para ganarle. Esos fueron los dos
momentos más tensos.
El público recuerda
mucho Sydney ¿Cómo lo atesoras tú?
Estaba dando muchos
saltos nulos que eran grandes, y con uno de esos pude ganar desde antes, así
que fui quien se puso la soga al cuello porque le di a Taurima la oportunidad
de crecerse. Pero sabía que algo más de 8,50 me daría para ganar y por eso en
el último intento hice una carrera de muy poca velocidad para no dar foul y
asegurar con técnica, y así salió. Sydney es el mejor recuerdo, más que todo
porque fue el año en que falleció mi mamá, que era mi fan número uno, la que
quería por todos los medios que ganara la Olimpiada y todo fue dedicado a ella,
que de alguna manera lo disfrutó.
¿Y lo peor?
Haberme lesionado en
mi mejor año, en el mejor momento de mi carrera, en el de Atlanta’96. Aunque no
fui de saltar mucho en los entrenamientos en aquella temporada lograba 8,90
como si fuera el salto de un niño. Lesionarme y tener que operarme me afectó muchísimo,
y estuve a punto de dejarlo todo al ver como tenía la pierna, pero supe
sobreponerme, salir adelante.
¿Satisfecho con tu
trayectoria?
No y sí. No porque
siempre quise terminar mi carrera en los Juegos Olímpicos de Beijing’08 y
desgraciadamente no me dejaron. Solo pedí ese año para cerrar mi carrera pero
no fue así y me afectó, por eso me alejé tanto del ámbito deportivo de Cuba.
Por lo demás estoy satisfecho con lo que hice, lo que aporté a Cuba, las
medallas, todos los momentos en que yo y toda Cuba escuchamos el Himno
Nacional, y me considero un atleta afortunado en mi país.
¿Extrañas, ahora que
pasas más tiempo fuera?
Muchísimo. Extraño a
Cuba, extraño a mi niño, la casa, a mi gente, extraño todo. Hay momentos en que
me “voy”, me “pierdo”, pero es lo que me ha tocado y hay que adaptarse. Es algo
momentáneo, porque no siempre estoy nostálgico, y cuando estoy trabajando no me
sucede. Es más bien cerca de fechas como el fin de año, el cumpleaños de uno de
mis hermanos, fechas en que sé que están aquí juntos, porque somos una familia
muy unida.
¿Qué repetirías de tu
historia?
Lo repetiría todo,
mejorando algunas cosas. Volvería a escoger el atletismo y no daría tantos
fouls.

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